Por qué debemos vacunarnos, pese a los posibles “riesgos”

30 jul 2019

Por qué debemos vacunarnos, pese a los posibles “riesgos”

En el siglo pasado las vacunas se convirtieron en uno de los más grandes avances de la medicina y gracias a su aplicación se logró erradicar enfermedades que cada año causaban miles de muertes y discapacidades en todo el mundo, como la viruela, la poliomielitis y la difteria. Sin embargo, hoy son muchos quienes cuestionan su efectividad e incluso las rechazan, por diversas razones.

Las vacunas se aplican para reforzar el sistema inmunitario y prevenir enfermedades graves y potencialmente mortales. La Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos las define de una forma bastante sencilla: le "enseñan" al cuerpo cómo defenderse cuando microorganismos como virus o bacterias lo invaden.

¿Cómo ocurre esta estimulación del sistema inmune? Exponiéndolo a una cantidad muy pequeña de virus o bacterias que han sido debilitados o destruidos. Cuando estos microorganismos entran en el cuerpo, éste aprende a reconocerlos y, si en algún momento de la vida vuelve a estar expuesto a ellos, atacará la infección y no se enfermará.

Los distintos tipos de vacunas

Las vacunas se clasifican en cuatro tipos:

  • De virus vivos, que usan la misma forma del virus, pero atenuada (por ejemplo, la triple: sarampión, paperas y rubéola);
  • Inactivadas, que usan una versión muerta del virus (la de influenza, por ejemplo);
  • De subunidades, recombinantes, polisacáridas y combinadas, hechas con partes específicas del germén, por ejemplo su proteína (como la de hepatitis B).
  • Con toxoides, que contienen un químico tóxico producido por la bacteria o virus (antidiftérica, antitetánica);


Si bien los recién nacidos tienen cierta protección contra los microbios, que es transmitida por sus madres a través de la placenta, esta resistencia no es suficiente a mediano y largo plazo. Se puede recibir inmunización contra unas 14 enfermedades infecciosas graves, como varicela, sarampión, tos ferina, paperas, hepatitis, virus del papiloma humano (VPH) y malaria, esta última fue aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) en 2018 solo para niños y adolescentes de entre 9 y 16 años que ya hayan sufrido la infección.

El resurgimiento de enfermedades

Desde hace unos cinco años, las noticias sobre brotes de enfermedades como el sarampión, erradicada desde hace casi dos décadas en varias regiones de las Américas, empezaron a preocupar. Los casos fueron aumentando y en los primeros 6 meses de este año, ya se confirmaron 1109 casos individuales de sarampión solo en los Estados Unidos. Este es el mayor número reportado desde 1992 y desde que se declaró al país libre de sarampión, en 2000.

La aparición de centenares de casos nuevos en varios países del continente americano sigue preocupando a las autoridades sanitarias. El sarampión es una enfermedad muy contagiosa que puede ser grave y fatal.

Según los últimos datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) se presentaron más de 1100 casos en 11 países las Américas, en el transcurso de 2018.

En menor grado, se han registrado brotes de tos ferina y paperas en diversas regiones.

Un informe de Unicef expone las causas de este incremento: cerca de 169 millones de niños en el mundo no recibieron la vacuna contra el sarampión entre 2010 y 2017 (Estados Unidos es el país de altos ingresos donde hay más niños sin la vacuna). Desde 2017 las muertes por sarampión aumentaron en 22%, a escala global.

¿Qué desencadena el rechazo a las vacunas?

Una de las causas principales del rechazo a la inmunización es el temor al autismo. El creciente movimiento anti vacunas le atribuye la aparición de este trastorno, argumento que surge de un estudio llevado a cabo en 1997 por el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield, en el cual indicaba que había un vínculo entre la vacuna MMR (la triple) y el autismo. Pero la investigación carecía de evidencias sólidas -la muestra fue de solo 12 niños-,  y fue retirada de The Lancet, la revista donde se publicó. El mismo Wakefield, que poco después perdió su licencia médica,  admitió que era solo una hipótesis.

 Durante años científicos de todo el mundo han hecho énfasis en que no hay relación entre las vacunas y los trastornos neuroconductuales, aún así el falso temor siguió propagándose.  Sumado al autismo, en redes sociales se pueden encontrar razones que van desde preocupación sobre la seguridad hasta la necesidad de opciones naturales.

Expertos de la Universidad de Pittsburg evaluaron por qué los padres rechazan las vacunas,  partiendo del análisis de publicaciones en redes sociales contra un consultorio pediátrico que buscaba promover la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) en un video. Al observar los perfiles de quienes comentaban, encontraron que las motivaciones eran diversas.

Había padres que tenían desconfianza hacia la comunidad científica y preocupación de que la vacunación obligatoria fuera una amenaza para su libertad individual.

Otro grupo tenía la creencia de que el gobierno y otros grupos conspiraban para ocultar la verdad a la gente (por ejemplo, afirmaban que el poliovirus no existía). Y hubo quienes estaban renuentes a las vacunas por considerarlas inseguras e "inmorales" o que preferían otras alternativas más naturales, como la homeopatía, para evitar las sustancias químicas.

Para los investigadores, estos resultados hablan claramente de la necesidad de que los médicos y las instituciones de salud deben enfocar mejor sus mensajes sobre la vacunación. Es razonable que los padres se hagan preguntas y no basta solo con decirles que son seguras y efectivas.

¿Qué tan seguro es meter un virus en el cuerpo?

Instituciones de prestigio mundial como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Academia Americana de Pediatría (AAP) y los Centros para la Prevención y Control de Enfermedades (CDC) avalan las inmunizaciones e instan a la población a aplicarlas para mantener la salud mundial. Pero meter en el cuerpo un virus o bacteria potencialmente peligrosos suscita dudas para muchos.

Es cierto que se introducen virus en el cuerpo, pero hablamos de virus debilitados o atenuados. Para que una vacuna cause alguna enfermedad o infección, el sistema inmune de quien la recibe tendría que estar demasiado débil, es por eso que se han definido grupos de riesgo que no deben recibir inmunizaciones como personas con VIH o pacientes con cáncer; también mujeres embarazadas, ya que los virus vivos podrían ser peligrosos durante la gestación del feto.

Los efectos secundarios, en general, suelen ser leves y pasajeros. Se puede presentar fiebre baja, irritabilidad y dolor en el sitio de la inyección y, en algunos casos, reacciones alérgicas, dolor de cabeza, fatiga o pérdida de apetito, pero todos desaparecerán al cabo de un par de días.

La inmunización no es solo cosa de niños

El plan de vacunación debe comenzar a muy temprana edad, pero no se limita a la infancia. Los adultos también deben inmunizarse, aunque se hayan vacunado en la niñez, porque es posible que la protección desaparezca con el tiempo y requiera refuerzos. Además, hay vacunas cuya fórmula ha sido mejorada. También hay afecciones para las que antes no existía la inmunización y ahora sí.

Las vacunas que se debe aplicar un adulto se determinan según factores como su edad, estilo de vida, inmunizaciones recibidas o su historial médico. También si van a viajar a zonas de riesgo. Estas son las que se  recomiendan actualmente en Estados Unidos y diversas regiones de las Américas:


VPH.
El virus del papiloma humano puede originar cáncer. La vacuna inicialmente era para niños y adolescentes, pero recientemente la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) la aprobó para adultos de hasta 45 años, hombres y mujeres.

Influenza. A partir de los seis meses de edad se debe poner cada año, cuando se acerca la temporada de gripe, para prevenirla y reducir la gravedad de sus síntomas.

Culebrilla. La vacuna contra el herpes zóster se debe aplicar a partir de los 50 años, ya que los riesgos aumentan con la edad.

Enfermedades neumocócicas. Se recomiendan dos dosis para los adultos de 65 años en adelante.

MMR. Se conoce como la triple, ya que protege contra sarampión, paperas y rubéola. Aunque se aplica en la infancia, algunos adultos podrían necesitar un refuerzo.

Sarampión. Es un hecho que esta enfermedad está de vuelta, luego de haber sido erradicada en buena parte del mundo. Se puede recibir a cualquier edad.

Rubéola. Es especialmente peligrosa para las embarazadas, así que las mujeres que estén planeando tener hijos deben consultar con su médico si es pertinente aplicarla.

Hepatitis A y B. La necesitan quienes padezcan enfermedades del hígado o de transmisión sexual, usen drogas, hayan tenido más de una pareja sexual recientemente o reciban transfusiones sanguíneas.

DTP, DTaP o TD. Protege contra la difteria, tétanos y tos ferina. Los adultos deberían recibir esta vacuna cada 10 años.

En todos los casos, siempre hable con su médico sobre las mejores opciones para su salud y bienestar.

Fuentes consultadas: American Academy of Pediatrics (AAP), ImmunizationsNational Center for Complementary and Integrative Health (NIH), Vaccinations/Immunizations for Children
Organización Panamericana de la Salud, Actualización Epidemiológica, CDC, Growing up with vaccinesHolaDoctor.com, Diez mitos sobre las vacunas

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